Entre el Trámite y la Intriga: El Ruido en la Frontera Electoral
Parece que en la política moderna, cuando las ideas escasean, las teorías de conspiración siempre están listas para ocupar el vacío. El último episodio de esta narrativa nos llega desde el norte, donde el activista conservador Peter Schweizer ha decidido que los más de 50 consulados de México en Estados Unidos no son oficinas de servicios, sino centros de operaciones electorales dirigidos directamente por la presidenta Claudia Sheinbaum.
No es novedad que la relación bilateral sea un tablero de ajedrez, pero Schweizer ha intentado mover las piezas con una audacia que raya en la ficción. Según el escritor, la red consular y funcionarios afines a Morena estarían “interfiriendo” en el proceso democrático estadounidense. ¿Su prueba reina? Una declaración de Sheinbaum sobre la soberanía nacional que, en el manual de Schweizer, se traduce mágicamente en una orden de movilización transfronteriza.

La respuesta de la Embajada de México en Estados Unidos no se hizo esperar, y lo hizo con la sobriedad que el momento exige, pero con la firmeza de quien explica lo obvio por enésima vez. A través de un comunicado que busca inyectar algo de pragmatismo al debate, la representación diplomática fue clara:
“No hay nada político en el trabajo consular, solo el compromiso de asegurar que los derechos de las personas sean respetados”.
Para quienes hemos pisado un consulado, la acusación de Schweizer resulta, por decir lo menos, curiosa. El trabajo diario de estos centros se resume en expedición de pasaportes, matrículas consulares, orientación legal y la protección de mexicanos que suelen ser el eslabón más débil en el sistema judicial estadounidense. Imaginar que entre una renovación de acta de nacimiento y una asesoría migratoria se está fraguando el destino de la Casa Blanca es, simplemente, un despropósito.
El problema no es solo la falta de pruebas, sino el clima de sospecha que estas afirmaciones siembran. En un año electoral donde el voto latino es el botín más preciado, señalar a las instituciones mexicanas como agentes de interferencia no es una opinión aislada; es una estrategia para deslegitimar la presencia y el apoyo que México brinda a sus connacionales.
Al final del día, la política exterior de México ha sido históricamente defensiva y centrada en la protección. Mientras algunos en Washington ven “caballos de Troya” en cada ventanilla de atención ciudadana, la realidad es mucho más terrenal: México está ahí para que su gente no esté sola. Si eso incomoda a ciertos activistas, quizás el problema no sea la “interferencia”, sino la eficiencia de una red consular que no pide permiso para defender los derechos humanos.
¿Será que la soberanía, tan mencionada por Sheinbaum, es lo que realmente asusta a quienes prefieren un México silencioso?


